Desde el Var

Legal, seguro y gratuito: Por Santiago Izaguirre

Mi primer recuerdo de los mundiales es un colectivo lleno de gente rumbo al Monumento a la Bandera para festejar que Lechuga Roa le había tapado un par de penales a los ingleses y los habíamos mandado a comer a la cocina en Francia 98. Tenía 6 años.

Si hablamos de recuerdos debo decir que no tengo memoria de una previa mundialista con tan poca efervescencia. ¿Será que no nos sentamos en la mesa chica de los candidatos? ¿O que los reyes del exitismo, infalibles al mango, nos cansamos de salir segundos? ¿Será que estamos cansados de esperar, infructuosamente, que Messi frote la lámpara en soledad?

El sábado, en el grupo de amigos, no juntamos palo para reunirnos a ver el debut de nuestra selección. Algunos están en lares distantes y distintos, pasándola de mil maravillas. Pero otros andábamos por acá y por diversas razones no hubo quorum. ¿Habrá sido el frío invernal de la mañana? ¿La comodidad de las pantuflas le ganó al abrazo compartido en el gol de Agüero?

Fíjense si no estará frío el ambiente que hasta la publicidad de Quilmes fue la peor que se recuerde. No te pido un “Eran otros tiempos, era otra la historia”… Pero, ¿Cómo vas a levantarme el ánimo con Ruggeri entrando al José Amalfitani con un paraguas negro? Apenas el álbum de figuritas que logré completar con el escudo de Croacia levantó temperatura en las semanas previas. Y hasta ahí nomás.

La tapa de los principales diarios del país no tuvieron lugar para la goleada de Rusia contra Arabia Saudita, ni para la ceremonia inaugural ni el recital de Robbie Williams. La foto principal y el gran titular gran estuvo dedicado a una ola verde de mujeres que le armaron la agenda a los medios, a las mesas de café, a los taxistas y a los diputados de la nación y lograron, con prepotencia de trabajo, que 129 legisladores les digan que sí.

Mientras no se viralizó ningún vídeo de gente gritando el gol del Kun Aguero a Islandia, se replicaron unos cuántos de mujeres, con pañuelo verde atado al cuello o la muñeca, celebrando la media sanción del aborto legal, seguro y gratuito. El jueves en mi trabajo, seguimos atentos el poroteo que daban desde el Congreso. Pocos preguntaron luego cuanto iban Rusia contra los matungos que dirige Pizzi.

Apenas la maravillosa actuación de Cristiano Ronaldo (a los pocos que aún lo repugnantean les pido que agiten la bandera blanca de la rendición) contra España estuvo a la altura de los días felices que vivió la democracia argentina. La historia es tan sencilla que enamora: un grupo de mujeres tuvo una inquietud, fueron convenciendo a otras y otros, se sentaron y armaron un proyecto de ley, su prepotencia de trabajo logra repercusión e ingresa al Congreso, durante semanas va gente y dice “esto me gusta” y “no me simpatiza”, los diputados se informan (algunos, no todos), mientras tanto, la gente no se desentiende, se moviliza, no baja ninguna bandera y aguarda pacientemente una maratónica sesión. Finalmente, los diputados votan y san se acabó Democracia pura. Representativa, sí. Delegativa, jamás. Bonita historia.

Nótese otro ingrediente tan interesante como extraño: la transversalidad de los votos que obtuvo la despenalización del aborto. Diputados de partidos con posturas ideológicas, políticas y programáticas más lejanas que la pornografía del erotismo se cobijaron bajo una misma bandera. Loco en este país que juega a la grieta.

Mientras Islandia, México y Suiza le mojan la oreja a las potencias mundiales y hacen agua los prodes entre amigos y compañeros de trabajo, un perfume de mujer valiente y decidida invade las mismas esquinas donde venden las camisetas truchas de Messi. La camiseta es ilegal, seguro se puede romper y de gratuito no tiene nada. Como el aborto en Argentina. Por ahora…

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